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El lastre para Obama se llama Guantánamo.

La alegría de los defensores de los derechos humanos en Estados Unidos hace tiempo que se apagó. La desilusión y la decepción han regresado, pero con el presidente Barack Obama. Ya lleva cinco meses de retraso en su promesa inicial de cerrar la prisión de Guantánamo en Cuba, para borrar así esa vergüenza que el centro de detención supone a ojos de todo el mundo.

Obama echó pestes sobre las comisiones militares, aquellos tribunales especiales que en su momento instaló el presidente George W. Bush para juzgar a los presos. Durante su campaña electoral, prometió que los anularía. Pero nada de eso se ha hecho. Los procesos especiales se han vuelto a poner en marcha, aun cuando los acusados cuentan con más derechos, reseñó DPA.

El miércoles el ex cocinero de Bin Laden se declaró culpable de conspiración ante un tribunal militar, el primero que lo hace durante el mandato de Obama, y pronto seguirán más. Como el juicio al «niño soldado» Omar Jader, que ha pasado casi un tercio de su vida en Guantánamo.

En tanto, Obama habla cada vez menos de la prisión de Guantánamo y de las comisiones y con toda seguridad eso no va a cambiar a corto plazo. Tras el receso veraniego en agosto, comienza la fase caliente de la campaña para las elecciones del Congreso, y entonces Obama evitará a toda costa el tema de la bahía de Guantánamo. Aprendió la lección: Con la aspiración de dar a los presos de Guantánamo los derechos más básicos en Estados Unidos no se consigue ni una maceta, así que ni hablar de unas elecciones legislativas.

De hecho, en casi ningún otro terreno Obama se ha estrellado tanto con la realidad desde que asumió el cargo como en el tema de Guantánamo. Cerca de 180 presos siguen allí, sin que se les procese, y algunos de ellos están así desde 2002, entre ellos Jader. Obama tenía buenas intenciones y parecía también plausible, para un país que se considera el «faro de la libertad» que guía al mundo: había que poner fin al vacío legal y, o se procesaba a los presos o se les dejaba en libertad.

Pero resultaba más fácil decirlo que hacerlo, pues en Estados Unidos nadie quería ni quiere tener presos de Guantánamo ni como presos preventivos a la espera de un juicio, ni como presos cumpliendo una condena, y menos que nada que fueran puestos allí en libertad.

Y mientras en el exterior se indignaban con Guantánamo y las torturas de la CIA, muy pocos en Estados Unidos compartían ese enfado. Después de todo, argumentaron, los atentados del 11 de septiembre de 2001 tuvieron lugar en suelo estadounidense, aquí se derramó la sangre y no en otro sitio.

Y es así como se explica que los planes de Obama de construir una cárcel de máxima seguridad para los presos de Guantánamo en Estados Unidos hayan encallado en el Congreso. Hasta muchos amigos de Obama en el partido no le han ayudado en este punto. Sus planes de que comparecieran los cerebros de los atentados del 11-S en Nueva York ante un tribunal civil, fueron abandonados en el olvido tras la indignación que causaron.

En todos estos meses, lo que a Obama le queda claro es que sin ayuda del extranjero Guantánamo no se puede cerrar. Es por ello que se trabaja de forma intensa en los despachos para conseguir países que acojan a los reos.

Después de todo se ha conseguido en 600 casos desde 2002, comenta el Pentágono. Que a menudo se oiga en el extranjero que Guantánamo es un problema de los estadounidenses y que ellos lo tienen que resolver es algo que se comprende sólo en parte en Estados Unidos. Muchos opinan que los que critican son los que tienen que actuar o de lo contrario son poco creíbles.

Obama echó pestes sobre las comisiones militares, aquellos tribunales especiales que en su momento instaló el presidente George W. Bush para juzgar a los presos. Durante su campaña electoral, prometió que los anularía. Pero nada de eso se ha hecho. Los procesos especiales se han vuelto a poner en marcha, aun cuando los acusados cuentan con más derechos, reseñó DPA.

El miércoles el ex cocinero de Bin Laden se declaró culpable de conspiración ante un tribunal militar, el primero que lo hace durante el mandato de Obama, y pronto seguirán más. Como el juicio al «niño soldado» Omar Jader, que ha pasado casi un tercio de su vida en Guantánamo.

En tanto, Obama habla cada vez menos de la prisión de Guantánamo y de las comisiones y con toda seguridad eso no va a cambiar a corto plazo. Tras el receso veraniego en agosto, comienza la fase caliente de la campaña para las elecciones del Congreso, y entonces Obama evitará a toda costa el tema de la bahía de Guantánamo. Aprendió la lección: Con la aspiración de dar a los presos de Guantánamo los derechos más básicos en Estados Unidos no se consigue ni una maceta, así que ni hablar de unas elecciones legislativas.

De hecho, en casi ningún otro terreno Obama se ha estrellado tanto con la realidad desde que asumió el cargo como en el tema de Guantánamo. Cerca de 180 presos siguen allí, sin que se les procese, y algunos de ellos están así desde 2002, entre ellos Jader. Obama tenía buenas intenciones y parecía también plausible, para un país que se considera el «faro de la libertad» que guía al mundo: había que poner fin al vacío legal y, o se procesaba a los presos o se les dejaba en libertad.

Pero resultaba más fácil decirlo que hacerlo, pues en Estados Unidos nadie quería ni quiere tener presos de Guantánamo ni como presos preventivos a la espera de un juicio, ni como presos cumpliendo una condena, y menos que nada que fueran puestos allí en libertad.

Y mientras en el exterior se indignaban con Guantánamo y las torturas de la CIA, muy pocos en Estados Unidos compartían ese enfado. Despues de todo, argumentaron, los atentados del 11 de septiembre de 2001 tuvieron lugar en suelo estadounidense, aquí se derramó la sangre y no en otro sitio.

Y es así como se explica que los planes de Obama de construir una cárcel de máxima seguridad para los presos de Guantánamo en Estados Unidos hayan encallado en el Congreso. Hasta muchos amigos de Obama en el partido no le han ayudado en este punto. Sus planes de que comparecieran los cerebros de los atentados del 11-S en Nueva York ante un tribunal civil, fueron abandonados en el olvido tras la indignación que causaron.

En todos estos meses, lo que a Obama le queda claro es que sin ayuda del extranjero Guantánamo no se puede cerrar. Es por ello que se trabaja de forma intensa en los despachos para conseguir países que acojan a los reos.

Después de todo se ha conseguido en 600 casos desde 2002, comenta el Pentágono. Que a menudo se oiga en el extranjero que Guantánamo es un problema de los estadounidenses y que ellos lo tienen que resolver es algo que se comprende sólo en parte en Estados Unidos. Muchos opinan que los que critican son los que tienen que actuar o de lo contrario son poco creíbles.

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